Cerebro, cognición, el homo sapiens y la nutrición

La mayoría de nosotros intuye que la alimentación influye sobre el cerebro y por ende sobre la consciencia. Somos lo que comemos, dice el dicho.

Morgan Spurlock, el director y protagonista del documental Super size, lo experimentó en carne propia. Durante treinta días desayunó, almorzó y cenó comidas rápidas en McDonald’s. Además de engordar once kilos y horrorizar a su médico con los resultados de los análisis de sangre se sentía deprimido, irritable, furioso, infeliz.

Para entender qué tipo de nutrientes le apetecen a nuestro cerebro es conveniente remontarse a nuestros antepasados remotos. Me pregunto si debemos ir seis millones de años atrás cuando se produjo la separación de la línea del chimpancé y comenzamos a diferenciarnos de otros primates. Quizás sea suficiente empezar con Lucy, el apodo de AL 288-1, una homínida cuyos restos reposan en una vitrina blindada en el Museo Nacional de Adis Adeba, Etiopía. Ella tiene solo un poco más de tres millones de años y su mayor característica “humana” fue caminar erguida. Sin embargo, su cerebro era muy pequeño todavía. La potencia cerebral adicional llegó recién un millón de años más tarde con la aparición del Homo erectus que aprendió a usar herramientas y posteriormente dominó el fuego. Se desarrolló un “continuo y progresivo diálogo entre las manos y el cerebro”, que facilitó el mayor desarrollo de éste.

El Homo sapiens, la especie a la cual pertenecemos, llegó a tener un potencial intelectual similar al nuestro hace 200 mil años, aunque debieron pasar muchos milenios hasta que logró activar ese potencial. Las primeras manifestaciones artísticas datan de solo unos 75 mil años. 

El desarrollo progresivo de la inteligencia tiene un precio alto: requiere un elevado consumo de energía. Una dieta abundante, pero esencialmente herbívora, no permitía obtener la energía precisa para la encefalización. Era necesario un cambio radical en el régimen alimenticio. Los homínidos comenzaron a comer alimentos de alto valor energético y proteico como insectos y gusanos y finalmente incorporaron a su dieta la carne. La cocción de la carne aumentó su aporte. 

El mayor componente estructural del tejido nervioso en mamíferos son los lípidos, y entre ellos los nutrientes más esenciales son los ácidos grasos, que deben obtenerse a partir de los alimentos. Nuestros antecesores los obtuvieron de huevos y animales. El homo sapiens, que finalmente impuso su supremacía en el mundo sobre las demás especies homínidas, se desarrolló en el Valle del Rift en África Oriental, un entorno rico en lagos y pantanos, indicando así también la importancia de las fuentes de alimentación acuáticas para el desarrollo de la inteligencia.

Como concluye el Dr. Amat Domenech refiriéndose al desarrollo de nuestra especie: Las diversas especies de peces, moluscos y crustáceos, así como de mamíferos y/o aves que se alimentaban de ellos, proporcionaron una fuente alimenticia importante, no solo de proteínas, sino también de los ácidos grasos poliinsaturados esenciales (PUFA) para el proceso de encefalización, especialmente el Omega 3.

Más allá de su contribución a nuestro cociente encefálico hoy día ya se sabe que el Omega 3 puede reducir el índice de depresión e influir en el proceso cognitivo. Algunos científicos se aventuran a atribuir el aumento de la incidencia de depresión en países occidentales como Estados Unidos y Alemania al consumo de carnes grasas y embutidos mientras que grandes consumidores de pescado como Corea y Japón se encuentran en el otro lado de la escala.

 El Omega 3 constituye más del 30% de la composición total de fosfolípidos de las membranas del cerebro y, por lo tanto, es crucial para mantener la integridad de la membrana y, en consecuencia, la comunicación neuronal.

Un consuelo para los vegetarianos: se puede obtener de fuentes vegetales, semillas de lino, chía, kiwi, nueces.

Del aporte de nuestros ancestros cazadores, y pescadores, pasemos a sus aptitudes como recolectores. Antes de la revolución agrícola la mayor parte de la dieta estaba constituida por frutas, nueces, hierbas, hongos, especias. Hoy sabemos que son fuentes de vitaminas, minerales y polifenoles, algunos esenciales para la subsistencia. Se destacan por preservar las condiciones cognitivas las bayas del bosque, diferentes variedades de nueces, ciertas especias como la cúrcuma, los hongos, el espárrago, la espinaca. 

Todos los estudios que vinculan entre nutrición y cognición nos invitan a ceñirnos al llamado ancestral. Experiencias acumuladas a lo largo de cientos de miles de años están grabadas en nuestras células. Depende de nosotros prestarles atención.

Imagen de LAURENCE ROUAULT en Pixabay

Publicado por elibudman

Ingeniero de alimentos y novelista. Nací en Argentina, vivo en Israel. Soy director de innovación tecnológica en una compañía de alimentos. Me gradué en Medicina Tradicional China. Traduje al español dos libros de yoga de Eyal Shifroni: "Una silla para yoga" y el primer volumen de "Props para yoga". A principios de mayo publicaré una novela de ficción en Amazon "Sentirse en casa- una odisea inevitable".

4 comentarios sobre “Cerebro, cognición, el homo sapiens y la nutrición

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